¡Eres
muy malo! ¡Nunca vas a cambiar! La ira de mi hermana estaba justificada: le
había descoyuntado la barbie intentando ver como estaban encajadas las
extremidades. Mera curiosidad, no entendía porque le sentaba tan mal.
¡Pero
que calamidad! ¡Siempre todo revuelto! ¿Es que nunca vas a cambiar? No esperes
que yo te recoja nada. ¡Me tienes harta! Los motivos de la ira de mi madre
están claros, no hace falta entrar en detalles.
¡Pero
te quieres callar! ¡No conozco a nadie con un hijo más contestón que tú! Desde
pequeño siempre igual. ¡Y no cambias! Esa era la letanía de mi padre, un día sí
y otro también.
Martínez,
mal lo veo. Como siga así le van a quedar unas cuantas asignaturas para
septiembre. ¡Cambie usted y aplíquese! ¡No ve que es por su bien! ¡Cambie,
cambie! La tenacidad del padre Ramiro en conseguir que cambiara era sólo
superada por mi reticencia a hacerlo.
Y
aquí estoy, en el departamento que he solicitado, en el trabajo que, sin duda,
es el más adecuado para mí, el mostrador de cambio de moneda y divisa del
banco. He hecho lo que he podido. Espero que, al fin, estén todos contentos.
Todo el día estoy cambiando.